Hay historias que no se cuentan. Se sienten. Historias que nacen en un salón vacío, en un piso gastado, en una mirada de acuerdo entre dos personas que se eligen todos los días: para la vida, para el amor… y para la danza.
Así es la historia de Verónica Rodríguez y Luis Gómez, matrimonio, compañeros, cómplices.
Hace seis años decidieron que su sueño tendría forma de danza y destino de escenario. Y desde entonces comenzaron a caminar una ruta que solo los valientes se animan a transitar: la ruta hacia Cosquín, hacia la mítica Plaza Próspero Molina, ese templo mayor donde solo llegan los que saben bailar con el cuerpo… pero, sobre todo, con el alma.
Detrás de su presentación en la sede Los Varela que conquistaron con verdad y talento no hay solo coreografías.
Hay despertares tempranos, noches sin descanso, piernas agotadas, ropa marcada con tiza, discusiones constructivas, abrazos que sostienen, y una constelación de sueños que insisten aun cuando el cansancio aprieta.
Hay renuncias, hay lágrimas, hay un hogar entero organizado alrededor de un objetivo: llegar a ese escenario que lo cambia todo.
Porque para el bailarín, Cosquín no es un lugar. Es una consagración. Es una puerta. Es una caricia a todos los años donde nadie aplaudió, pero ellos igual siguieron.
Bailar para llegar… o llegar para bailar Verónica y Luis presentaron: Cueca cuyana, Zamba, Mariquita y en cada danza dejaron algo de ellos mismos.
La Cueca, con ese pulso cuyano que vibra en la sangre; la Zamba, poema hecho pañuelo que acaricia la historia; la Mariquita, travesura criolla que late en los pies y en el corazón.
Cada una fue el resultado de un proceso de investigación profundo, honesto, respetuoso.
No bailan por bailar. Bailan para honrar la raíz. Bailan porque saben que cada movimiento es memoria.
A su lado, el acompañamiento invaluable desde hace dos años de Germán Paijes y Noemí Quinteros, quienes han guiado este proceso con una entrega que también emociona. Sin ellos, sin su mirada precisa, sin sus manos marcando el camino, este sueño no tendría la firmeza ni la luz que hoy tiene.
Participar del Pre Cosquín no es simple.
Quien lo transita sabe que cada sede es una prueba, un espejo, un desafío. Pero también es un abrazo a la identidad, una confirmación de que los bailarines son y siempre fueron trabajadores del arte, custodios de la tradición, militantes del movimiento y la cultura.
En Los Varela, Verónica y Luis escribieron un capítulo más de esta historia que los impulsa.
Y lo hicieron con tanta verdad que el público lo sintió, que el jurado lo miró dos veces, que los ojos se humedecieron sin querer.
La Plaza Próspero Molina es ese sueño que late desde lejos… Todo bailarín sabe que cuando se pisa esa plaza, el corazón deja de latir un segundo. Que el aire huele distinto.
Que el escenario se siente como un abrazo de siglos. Que ahí han estado los grandes, los gigantes, los que marcaron la historia.
Y ese es el lugar que Verónica y Luis buscan. Ese es el lugar que tantas veces imaginaron en silencio. Ese es el lugar por el que pelean desde hace seis años, sosteniendo la esperanza como quien sostiene un pañuelo en la última vuelta de una Zamba.
Ellos no bailan para competir, bailan para trascender.Y cuando una pareja baila con la fuerza de la historia, con la humildad del proceso y con la verdad del sentimiento, el camino hacia Cosquín deja de ser un sueño lejano y se convierte en destino. Porque bailar es resistir, soñar y renacer
Verónica Rodríguez y Luis Gómez ya están tocando la puerta de la Próspero Molina.
Y cuando la abran, no solo entrarán ellos: entrarán sus años de sacrificio, la emoción de sus maestros, la fuerza de su raíz riojana y el aplauso que este largo, infinito y hermoso proceso merece.
Porque cuando el trabajo es tan grande, tan sentido y tan profundo… la danza no solo llega al escenario… Llega al corazón.
Nuevamente el nombre de los Varela estará bien en alto. Ya está hecha la cosecha.